Hay días en los que no sabemos si estamos tristes, cansadas o simplemente desbordadas.
Días en que, si alguien nos pregunta “¿cómo estás?”, lo único honesto sería decir: no lo sé.
Pero claro, eso casi nunca lo decimos.
Porque nos incomoda. Porque incomoda a los demás. Porque hemos aprendido que si no tenemos una respuesta clara, entonces algo está mal.
Y sin embargo, ahí estamos. Viviendo, respirando, sintiendo… algo. Aunque no sepamos nombrarlo.
¿Y si justo ahí —en ese no saber— hay un espacio sagrado?
La trampa de querer entenderlo todo
Somos criaturas de explicación.
Queremos saber por qué nos duele lo que nos duele, por qué estamos inquietas, por qué ayer reíamos y hoy nos sentimos apagadas.
Buscamos causas, justificaciones, conexiones, sentido.
Pero a veces, la vida no es un rompecabezas: es una marea.
Y es tan generosa que nos pone delante aquello que hemos de aprender…
aunque a menudo no hacemos caso a las señales de nuestro propio cuerpo.
Y tratar de entenderlo todo en el momento no nos calma, nos agota más.
Es como intentar ordenar las olas mientras el mar sigue moviéndose.
Mi experiencia: el día que solté el análisis
Recuerdo un verano en que me despertaba cada mañana con un nudo en la garganta.
No era simple tensión, no era un resfriado. Era esa sensación conocida de no poder tragar del todo, de tener palabras y emociones atascadas ahí, esperando salir.
La biodiscodificación lo explica como malestar por no poder expresar lo que sentimos: rabia no dicha, angustia no nombrada, miedos que callamos para no herir, para no exponernos.
Louise Hay lo llama el canal de la expresión creativa: cuando no hablamos nuestra verdad, la garganta lo sabe, el cuerpo lo carga.
Mi reacción automática fue analizarme: ¿será por trabajo?, ¿será la maternidad?, ¿será el cansancio?
Hasta que un día, rendida, me senté en la terraza, cerré los ojos y me dije: “Hoy no voy a resolverme. Hoy solo voy a escucharme, aunque no entienda todo.”
Y ahí pasó algo pequeño pero profundo.
Me di permiso.
Y sobre todo, me acepté.
Acepté no tener todas las respuestas.
Acepté que mi cuerpo me estaba hablando en su lenguaje simbólico.
Que ese nudo no era mi enemigo, era mi mensajero.
Aprendí que hacerse las preguntas correctas —¿para qué me está pasando esto?, ¿qué quiere mostrarme mi cuerpo?— puede abrir puertas que ninguna explicación mental abre.
Aprendí que este proceso era, en realidad, el inicio del autoconocimiento.
Porque estamos tan ocupadas justificando lo que sentimos, poniéndolo fuera, evitando responsabilizarnos… que olvidamos mirar hacia dentro.
Ese verano fue el principio de hacerme cargo de mí.
Aprendí a parar, a escuchar, a quedarme abierta a lo que tuviera que llegar… no como quien espera resultados inmediatos, sino como quien pone algo al fuego lento y confía en que lo importante se cocina despacio.
Cuando sostener no es arreglar
Acompaño a muchas mujeres en procesos emocionales, y si algo he aprendido es esto:
no siempre necesitamos soluciones.
A veces lo que necesitamos es un lugar donde sostenernos mientras atravesamos el no saber.
Sostener es:
❍ Permitirte sentir sin ponerle nombre a todo.
❍ Abrazarte internamente cuando no tienes respuestas.
❍ Dejar que el cuerpo hable lo que la mente aún no entiende.
Es como acompañar a una amiga que llora y no sabe por qué.
No le dices “piensa positivo” ni “vamos a encontrar la causa”.
Te sientas a su lado, en silencio, y le ofreces tu hombro.
Eso mismo puedes hacer contigo.
El arte de sostenerse emocionalmente: más que resistir, es suavizar
Sostenerse no es resistir como quien aprieta los dientes para aguantar la tormenta.
Es más bien como sostener un cuenco lleno de agua: con suavidad, con cuidado, sabiendo que, si aprietas demasiado, lo rompes… y si lo sueltas del todo, lo pierdes.
La tortuga nos recuerda que el sostén, la paciencia y la conexión con la tierra también son sagrados.
Hace muchos años viajé y veía cada mañana esas tortugas marinas nadando en silencio, avanzando lento… pero seguras.
Después de una semana observándolas, me di cuenta de que, a pesar de estar rodeadas de ruido, de corrientes, de turistas con cámaras, ellas seguían su rumbo.
No apuraban su paso. No cambiaban de dirección por el alboroto externo.
Al contrario: seguían porque confiaban en su ritmo.
Así también podemos aprender de ellas a sostenernos.
No desde el empuje, sino desde el acompañamiento interno.
Hoy estoy así. Hoy me acompaño así.
Simplemente, eso basta
Sostenerse emocionalmente no es tarea de un día. Es un arte que se teje en cada pausa, en cada momento donde eliges no resolverte, sino acompañarte.
Preguntas suaves para un momento difícil
❍ ¿Qué parte de mí necesita que la escuche, aunque no entienda lo que dice?
❍ ¿Puedo permitirme sentirme así, sin apurarme a cambiarlo?
❍ ¿Cómo sería acompañarme como lo haría con alguien a quien quiero mucho?
Así que si hoy no sabes qué sientes, si hay un peso, un vacío o una mezcla que no sabes traducir… no corras a resolverte.
Quédate.
Respira.
Pon una mano en el pecho y recuérdate: ser humana no es entenderlo todo, es sostenerse mientras todo pasa.
Y tú, ¿qué parte de ti está pidiendo hoy que la sostengas, sin resolverla?
Te leo.
Y si quieres, te acompaño.
2 respuestas
Me encanta este mensaje!!!
Gracias de corazón Mentxu 💛
Sostenerse también es un arte, y me alegra que este mensaje te lo recuerde.
Un abrazo, Raquel 🌿