El descanso no siempre trae calma. A veces trae todo aquello que llevabas meses sin poder escuchar.
Hay una imagen que se repite cada verano.
Piensas que, cuando lleguen las vacaciones, por fin vas a descansar.
Imaginas mañanas tranquilas.
Menos prisas.
Menos obligaciones.
Más tiempo.
Y, sin embargo, pasan dos o tres días…
y ocurre algo que no esperabas.
No consigues relajarte.
Te notas inquieta.
Coges el móvil sin darte cuenta.
Empiezas a buscar cosas que hacer.
Ordenas un armario.
Respondes mensajes pendientes.
Piensas en septiembre.
En todo lo que deberías aprovechar ahora que tienes tiempo.
Entonces aparece una conclusión muy rápida.
«No sé descansar.»
Pero quizá no sea eso.
Quizá llevabas tanto tiempo viviendo en movimiento…
que el silencio te resulta extraño.
Y cuando el silencio llega, aparece una voz que llevaba meses sin encontrar espacio para hablar.
Imagina un vaso con agua al que llevas horas dando vueltas.
Mientras no deja de moverse, todo parece mezclado.
No distingues bien qué hay dentro.
Pero en el momento en que lo dejas quieto…ocurre algo curioso.
Empiezan a verse las partículas que antes pasaban desapercibidas.
No aparecen porque el agua se haya estropeado.
Siempre estuvieron ahí.
Lo único que ha cambiado… es que ahora puedes verlas.
Con nosotras pasa muchas veces lo mismo.
Cuando por fin paramos, no aparecen emociones nuevas.
Aparecen emociones que llevaban demasiado tiempo esperando un momento de silencio.
Cuando el ruido no está fuera
Durante meses has vivido pendiente del trabajo.
De la casa.
Los hijos.
Las compras.
Los horarios.
De llegar.
Cumplir.
Todo eso ocupa tanto espacio…
que apenas queda sitio para escucharte.
Por eso muchas mujeres creen que el descanso consiste simplemente en tener menos cosas que hacer.
Pero el descanso verdadero empieza mucho antes.
Empieza el día en que puedes quedarte unos minutos contigo…
sin sentir que deberías estar haciendo otra cosa.
Y esa parte no siempre es fácil.
El silencio también habla
Cuando bajas el ritmo…
empiezan a aparecer preguntas que llevaban tiempo esperando.
- ¿Estoy bien de verdad?
- ¿Por qué estoy tan cansada?
- ¿Hace cuánto que no hago algo solo porque me apetece?
- ¿Qué necesito ahora mismo?
No aparecen porque estés peor.
Aparecen porque, por primera vez en mucho tiempo…
hay espacio para escucharlas.
La trampa de querer aprovechar hasta el descanso
Aquí aparece otra ironía.
También queremos hacer bien las vacaciones.
Leer los libros pendientes.
Hacer deporte.
Quedar con todo el mundo.
Organizar la casa.
Viajar.
Aprovechar el tiempo.
Y, casi sin darnos cuenta…
convertimos el descanso en otro proyecto que gestionar.
Como si incluso descansar tuviera que ser productivo.
Porque, a veces, incluso cuando el cuerpo descansa, la autoexigencia sigue trabajando.
Quizá no necesitas aprovechar tanto este verano
Hay una pregunta que me gusta hacer.
- ¿Y si este verano no necesitaras aprovechar cada día?
- ¿Y si hubiera tardes sin planes?
- ¿Y si un paseo fuera suficiente?
- ¿Y si pudieras aburrirte un rato… sin sentir que estás perdiendo el tiempo?
Quizá ahí empiece algo mucho más importante que tachar otra actividad de la lista.
Quizá ahí empieces a escucharte.
Una pregunta para estos días
Si estos días notas que, cuando por fin paras, aparece cierta inquietud…
no intentes llenarla enseguida.
Prueba a preguntarte:
¿Qué llevaba demasiado tiempo sin escuchar de mí?
No hace falta responder rápido.
A veces la respuesta necesita silencio.
Si quieres seguir profundizando
Muchas veces creemos que el problema es no saber descansar.
Pero, en realidad, lo que cuesta es convivir con la voz que aparece cuando por fin dejamos de hacer.
Si este tema ha resonado contigo, quizá también te ayude leer:
En verano tampoco descansa tu diálogo interno.
Quizá este verano no necesites hacer un viaje más.
Ni leer un libro más.
Ni aprovechar mejor el tiempo.
Quizá solo necesites regalarte unos minutos sin intentar llenar cada silencio.
Porque hay una parte de ti que no necesita que hagas más. Solo necesita que, por fin, le hagas un poco de espacio.
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